María e Inés
Había una vez una niña que se llamaba María que iba a un colegio de monjas. Y en ese colegio había otra niña que se llamaba Inés. Y María estaba totalmente enamorada de Inés. La veía en clase, en el recreo, y no podía dejar de mirarla. Hasta que un día, juntó todo su valor, se dirigió hacia ella y con toda la seguridad que pudo le dijo:
- Hola
E Inés respondió
- hola
- me llamo María
- si, ya lo se
- y me gustas un montón
- si, también lo se
- ¿y cómo lo sabes?
- porque estás siempre mirándome, al principio pensé que tenía algo en la cara pero luego vi que no. Entonces tenías que estar enamorada de mí
- pues si, es verdad. ¿Quieres ir conmigo a jugar al patio?
- vale
- ¿y quieres venir conmigo a jugar al patio agarradas de la mano?
- vale
- y quieres ir conmigo a jugar al patio agarradas de la mano a un árbol donde podemos hacer lo que queramos sin que nadie nos moleste
- vale
Y a partir de ese día María e Inés estaban siempre juntas. Y cuando querían estar solas iban debajo de su árbol. Hasta que un día una enfermera con mala leche las descubrió y muy enfadada empezó a gritarles que qué estaban haciendo.
- nada, no estamos haciendo nada
- ¿cómo que nada?, ¿y eso qué es?
- Sólo nos estamos cogiendo de la mano
- ¿Y con la otra mano?
- Nos estamos cogiendo el culo
Las niñas empezaron a reír, pero la monja montó en cólera. Que aquello era pecado, que iban a ir al infierno y las mandó a la iglesia a rezar para salvar sus almas.
Las niñas se asustaron y fueron a la iglesia para rezar. Después de 35 padres nuestros tenían un dolor de cabeza que te cagas pero no se les quitaban las ganas de tocarse. No podían entender por qué algo tan divertido podía ser malo. Así que fueron a hablar con el cura que sabe mucho de estas cosas y el cura les dijo que todas las respuestas estaban en la Biblia. La Biblia era un libro gordo, pesado y sin dibujos que hablaba de que Abraham engendró a Isaac , Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá, Judá engendro a David y luego estaba Onán que no necesitaba engendrar a nadie. Pero no decía nada de si las niñas pueden tocarse el culo mutuamente.
Entonces Inés y María pensaron que había que hablar directamente con el responsable. Fueron al campanario y subieron por la escalera de caracol hasta un nido de cigüeñas que estaba en la punta. La cigüeña, que era muy amable, las cogió y las llevó volando hacia la nube más cercana. Allí se sentaron a esperar mientras el viento las arrastraba hacia la luna. De la luna saltaron hasta la primera estrella de la osa mayor y de ahí fueron subiendo estrella por estrella hasta llegar al cielo que tenía unas puertas muy grandes que decían “CIELO”.
Las niñas se prepararon: respiraron hondo, María puso la mano en el culo de Inés, Inés puso la mano en el culo de María, y ambas, con sendos culos cogidos, atravesaron las puertas del cielo para hablar con Dios.
Dios estaba leyendo tranquilamente cuando vio acercarse a dos niñas muy decididas que se agarraban el culo mutuamente. Inés y María le contaron toda la historia: que estaban muy a gusto tocándose cuando una monja con mala leche les dijo que aquello estaba mal y que tenían que rezar, pero rezar no les quitó las ganas de tocarse. El cura les dijo que mirasen la Biblia pero la Biblia sólo hablaba de gente que se engendraban unos a otros. Así que habían venido a hablar directamente con el responsable de todo para que les dijera si estaba bien o mal que las niñas se toquen entre ellas.
Dios soltó su libro de Nietzche. Miró a las niñas, sonrió, tomó una estrella del cielo, la puso sobre la mano de María y la cerró con mucho cuidado. Y les dijo que aquella era una estrella sabia, que sabía diferenciar el bien del mal. Que se tornaría azul si lo que estaban haciendo estaba bien o se volvería roja si lo que hacían estaba mal.
Las niñas muy contentas le dieron las gracias a Dios. Dios les dio las de nada, y emprendieron el camino de vuelta. Estrella a estrella por la osa mayor hasta la luna, donde las recogió la nube que llevada por el viento las acercó a donde estaba la cigüeña esperándolas que, muy amable, las dejó de nuevo en el nido en lo alto del campanario. Bajaron por la escalera de caracol y fueron hacia su árbol donde nadie las molestaba porque esta vez no había monjas con mala leche cerca.
Cuando llegaron bajo su árbol. María sacó la estrella y la puso en el suelo. Las dos la miraron atentamente. Pero la estrella permanecía igual, ni roja ni azul. Quizá la estrella no cambiaba de color porque no estaban haciendo nada y si no hacían nada la estrella no sabía si estaba bien o mal. Habría que hacer algo. María tomó en sus manos las manos de Inés. Pero la estrella no cambiaba de color. Inés puso las manos en el culo de María. Miraron la estrella, pero nada, ni roja ni azul. María agarró por la cintura a Inés e Inés fue subiendo las manos desde el culo por toda la espalda de María, apretándola con fuerza. Miraron la estrella. Pero la estrella seguía igual. Así que María se tumbó en el suelo e Inés se acostó a su lado. María acariciaba la cara de Inés mientras ella acercaba muy despacio su boca hacia la boca de María. Y en ese momento María pensó en volver a mirar la estrella para ver si ya había cambiado de color pero no lo hizo porque Inés dio un suave mordisco a su labio inferior. Inés, sorprendida de lo que acababa de hacer, también dudó si mirar la estrella pero se le quitó la idea al recibir un sorprendente beso de María en los labios. Y al primer beso siguió otro beso, y al primer mordisco siguió otro mordisco. Y abrázame, y siénteme, ¿y la estrella?, ¿qué estrella?. Y María introdujo sus dedos entre los cabellos de Inés e Inés la agarraba cada vez con más fuerza, y más besos, y más suspiros, ¿y la estrella?, ¿que estrella? Y ninguna de las dos pudo evitar que sus bocas se abrieran, dejando que sus lenguas se encontraran, cálidas y húmedas. Y abrázame y siénteme, y no me sueltes ¿y la estrella? A la mierda la estrella, sólo quiero que me beses. Y mas suspiros, y mas caricicas Y así permanecieron con los cuerpos agarrados, con las lenguas entrelazadas, besándose y abrazándose durante toda aquella noche, y las siguientes.
Y durante todo el tiempo que María e Inés permanecieron juntas ninguna de ellas quiso saber nunca si la estrella se había vuelto roja o azul.
Fin
Arturo Abad