Lengua Catalana
Hace algún tiempo conocí a una catalana de Cataluña. Era una chica guapa, muy buena gente, de pelo rubio y esbeltas curvas, pero lo que realmente llego a obsesionarme de ella era su lengua. Su lengua catalana. Tenía una lengua, ¿cómo decirlo? Soberbia, orgullosa de sí misma. Como si un pueblo entero luchase constantemente por preservar aquella lengua. Y yo no podía dejar de desearla, a la lengua. Observaba embelesado sus vaivenes, sus juegos gramaticales, sus lexemas y fonemas. Quería tocarla, experimentar el bilingüismo con ella. Pero que podía hacer yo, con mi pobre lengua canaria, una lengua sencilla, con poca historia, con tan pocos conflictos sociales por promocionarla. No soy nacionalista, pero me gusta decir que mi lengua es una lengua canaria, y me gusta pensar que aunque pequeña, tiene su propia identidad aunque muchos piensen que no es más que una lengua castellana con particularidades. Yo estoy seguro de que si me dieran una oportunidad mi lengua podría hacer grandes cosas. ¡Jo!, La de cosas que haría mi lengua canaria con aquella lengua catalana
Yo quiero mucho a mi lengua, le tengo cariño, llevo toda la vida con ella y me ha dado grandes placeres, a mi y a todas aquellas personas que han tenido la amabilidad de probarla alguna vez. Siempre lingüísticamente hablando.
No lo puedo evitar, soy un ferviente estudioso y amante de las distintas lenguas que pueblan este mundo. Y defiendo con todas mis fuerzas cualquier tipo de contacto lingüístico, porque las lenguas no deben mantenerse separadas las unas de las otras, sino que deben relacionarse, tocarse, aunque siempre manteniendo sus diferencias claro, no vaya a ser que una lengua termine dominando a las otras.
Y aquella lengua catalana. ¡¡Dios!! Yo si que necesitaba un contacto lingüístico con aquella lengua catalana. Tardé varias horas en juntar el valor necesario para acercarme a ella. Por suerte tenía a mis amigos que estuvieron toda la noche animándome y dándome fuerza, mis grandes amigos, jonnhi, pampero, cacique, arehucas y el pequeño baylais.
La miré. Ella se movía, juguetona, saltando entre laísmos y modismos, exhibiendo, coqueta, su estructura gramatical, su sintaxis. Yo estaba hipnotizado por los sensuales movimientos con los que formaba palabras en el aire. Con timidez, le mostré un poquito de mi lengua canaria, más joven, más pequeña, con sus seseos, sus haches aspiradas. Ella, al principio, pasaba un poquito de mí. No se, pa joder, para hacérmelo mas difícil. Pero luego pareció gustarle esa calida suavidad con la que hablamos las lenguas isleñas. Yo intenté marcar mas mi acento, para hacerme el interesante y ella, para llamar más mi atención, fingía distraerse y mezclar palabras en catalán y castellano. Poco a poco nuestras lenguas empezaron una danza de significados implícitos y explícitos, de palabras puras y derivadas, de sinónimos y antónimos. Si ella me decía ascolta, yo respondía ¡baifo! y si yo le decía gofio escardao, ella me contestaba cariñosamente pan tumacat.
Y casi sin darnos cuenta, las barreras lingüísticas desaparecieron y nuestras lenguas se fueron acercando más y más, hasta que mi lengua canaria y su lengua catalana se encontraron y se fundieron en un abrazo húmedo, cálido e intercultural.
Luego, Tras haber absorbido lo suficiente la lengua del otro, empezamos a interesarnos por los demás aspectos de nuestras respectivas culturas y, en un lugar más íntimo, empecé a recorrer meticulosamente cada detalle de ella, su historia, sus tradiciones, sus festejos, sus nalgas, sus tobillos, su nuca. A ella le interesaron más los detalles más pequeños, más concretos, de mi identidad canaria, como las influencias morfológicas intrínsecas de los morfemas derivados. Y otras partes de mí, que bueno, que tampoco eran tan pequeñas (¿que pasa?). Y seguimos, saboreándonos mutuamente. Llegando a todos nuestros recovecos. Sin dejar un solo rincón por descubrir. Es increíble hasta donde llegaron nuestras lenguas aquella noche.
Aquella semana aprendí catalán, hasta la ortografía. Luego ella tuvo que volver a Cataluña y claro, no me dejó su lengua, se la llevó con ella, los catalanes son así. Luego el tiempo pasó, y aquello quedó en un bonito recuerdo, y en mi vida han habido otras lenguas, todas distintas, todas especiales, todas merecedoras de un cuento como éste, pero algunas noches, cuando me voy a acostar, y cierro los ojos, aun veo a veces aquella lengua catalana, que me dice con ternura bona nit, y yo le respondo buenas noches.
Fin
Arturo Abad