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La Caracola

 

A mateo le gustaba observar el camino por el que bajaban los gitanos con sus caballos oscuros y sus carretas chirriantes.

Los gitanos traían alforjas cargadas de misterios y llenaban el pueblo de puestos que vendían y palabras que hechizaban.
—Cómprame una vasija de barro llena de ilusiones perdidas.
—Cuerdas de cometa para tirar del sol.
—Las melodías que cantaron las sirenas de Ulises
—El tiempo que tarda un pétalo en abrirse.

—¿Qué es esto?— preguntó Mateo, sacando algo de entre los cacharros.
—Es una caracola —respondió el pícaro gitano—. Es un objeto mágico que alberga los ecos de lejanos lugares. Acércatela al oído.
Mateo pegó la oreja a aquel objeto enigmático y de su interior brotó un sonido profundo y distante, como el de una cueva intentando respirar.
—¿Qué es lo que se oye?.
—Es un secreto. Tendrás que llevártela y averiguarlo.

Mateo pagó dos monedas de cobre y corrió a casa. Allí estaba su madre contando historias a las rosas del jardín. 
                       
—Mamá —dijo Mateo acercándole la caracola— ¿Sabes qué se oye aquí dentro?.
La mamá de Mateo escuchó las indecisas caricias de las olas sobre la arena.
—Lo que se oye es el mar —respondió.
— ¿Y qué es el mar?
— No lo sé. Pero dicen las rosas que es el lugar a donde van a parar las miradas que se pierden.
—¿Y cómo llegó el mar a mi caracola?
—Quizá se perdió un trocito y, para no pasar frío, se refugió dentro de tu caracola.
Mateo sintió pena por ese pedazo de mar y pensó que podía ayudarle a regresar a casa.
—Encontraré el mar —dijo con más valentía que conocimiento, y salió a andar por el pueblo hacia donde un gran árbol protegía el camino que subía a las montañas.
            —Árbol —dijo Mateo— ¿Sabes qué se oye aquí dentro?
El árbol escuchó el bramido de los barcos que vuelan sobre las aguas.
—Lo que se oye es el mar
—¿Y qué es el mar?
—No lo sé, pero el viento de la montaña siempre comenta que el mar es el eterno olvido en el que se ahogan los recuerdos.
—Buscaré al viento— dijo Mateo.
En una vieja casa, abandonada en el bosque, el viento correteaba travieso por sus recovecos y hacía aullar a sus ranuras y rendijas.
—Viento— preguntó Mateo a los aullidos ¿Sabes qué se oye aquí dentro?
El viento escuchó las risas de las gaviotas y las miradas atentas de los peces.
—Lo que se oye es el mar.
—¿Y qué es el mar?
—Cuenta el río que el mar es donde navegan los secretos escondidos en botellas.
—Buscaré al río—dijo Mateo
En la montaña más alta, donde la nieve mostraba su sonrisa eterna, el río, aún joven, brotaba travieso por una hendidura entre las rocas ancianas.
—Dicen en el bosque que buscas el mar —comenzó el río antes de que Mateo pudiera pronunciar palabra— Al mar voy a completar el viaje de las lágrimas que recojo. Viaja conmigo si lo deseas, tendrás que caminar con prisa en mis cascadas y podrás descansar en mis remansos, las piedras de mi lecho guardarán tu camino.
Mientras Mateo seguía el curso del río, a sus oídos llegaban, lejanos, los mismos sonidos que una vez oyó en su caracola. Cerró sus párpados para escucharlos mejor y los sonidos se hicieron más fuertes, más cercanos. Mateo imaginó que quizá se dirigía hacia una caracola gigantesca.
Al sentir mojadas las plantas de sus pies. Abrió los ojos.
Ante él apareció un cielo. Un cielo en la tierra. Un cielo más azul que cualquier otro cielo. Un cielo que parecía respirar, y latir.
Se arrodilló junto a la orilla y dejó la caracola en la arena. De su interior asomó, con timidez, la punta del trocito de mar que la habitaba.
De un salto cayó chapoteando y se alejó nadando en el océano. Antes de desaparecer, el trocito de mar se giró para sonreír a Mateo.
Desde la orilla el niño le devolvió la sonrisa.
            Cuando regresó a casa, su madre y las rosas del jardín escucharon atentas su historia. Cuando hubo terminado, le preguntaron:
            —Dinos, Mateo, ¿Qué es el mar?
Mateo respondió
El mar es…
A donde van a parar las miradas cuando se pierden
El eterno olvido en el que se ahogan los recuerdos.  
Donde navegan los secretos escondidos en botellas
Y el final del viaje de cada una de nuestras lágrimas.

 

Fin

Arturo Abad

Este Cuento está inscrito en el registro de la propiedad intelectual con el número Gr-00476-2008. Si quieres compartirlo, por favor, nombra siempre al autor.

 

 
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