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El Pescador de Lunas

 

Cuando éramos pequeños solíamos ir a casa de mi abuelo. Mi abuelo era una persona entrañable y cariñosa pero algo corta de vista, y cuando llegábamos y llamábamos a la puerta, él abría y teníamos que gritarle bien fuerte para que se fijara en nosotros: —¡Abueloooo! —. Entonces mi abuelo miraba al cielo y decía: —Creo que va a llover —, y nos cerraba la puerta. Volvíamos a tocar y a gritar: —¡Abueloooooo! —, y él exclamaba: —Vente María que los perros han aprendido a hablar —. Y otra vez a tocar a la puerta —¡Abuelooo! —, —María, los perros se creen que soy su abuelo —. Y después de un rato, descubría que éramos sus nietos, nos dejaba pasar, nos sentábamos en la alfombra del salón, nos daba a cada uno un hueso, y nos contaba cuentos.
Solía llevar su chaqueta marrón de toda la vida, y aquella tarde nos dio por preguntarle:
—Oye abuelo, ¿A qué te dedicabas cuando eras joven?
—Yo cuando era joven era Pescador de Lunas —respondió.
—¿Pescador de lunas?
—Sí mi hijito —me decía hijo aunque realmente yo era su nieto, pero los abuelos son así—. Yo cuando era joven, era pescador de lunas.
Y una a una, las palabras salieron de su boca, y dieron forma a la historia de por qué fue conocido en las montañas como El Pescador de Lunas.
—Yo tenía un burro que se llamaba Aurelio —empezó a decir—, lo cargaba con sacos de harina y me iba a vender a los pueblos. Tenía que atravesar las montañas y era muy peligroso porque se decía que había bandidos robadores de harina.
Caminando por los caminos se fue haciendo de noche y nos paramos en un claro del bosque donde había un pozo de agua. Era precioso ver como se reflejaba la Luna Llena sobre la superficie del pozo. Era de esas noches que daban miedo, donde las ramas de los árboles intentaban tocarte y las sombras estaban pintadas con un pincel de sombras oscuras. Podían oírse los búhos, los lobos, y hasta los murciélagos. Pero no se veía nada, y entre las tinieblas podía haber cualquier cosa.
La Luna llena se movía despacio entre las nubes cuando los matorrales se agitaron como si hubiera algo acechando. Me acerqué un poco más atraído por la curiosidad. Sólo se oía el lobo, y solo se oía el búho. Y los matorrales seguían moviéndose. —Seguro que es el viento—pensé.  Metí mis manos por los matorrales mientras continuaban incansables los sonidos del lobo y del búho. Entonces grité: —¡A ver si nos callamos de una vez que no me entero de lo que hay detrás del matorral! —. Pero no me hicieron caso, y se oyó el lobo, y se oyó el búho. Y pensé: —¡Pues hasta aquí llegamos! —. Metí por completo la cabeza en el matorral y.... (Ahora sería el momento perfecto para dar un buen susto).
De entre los matorrales salieron cuatro bandidos robadores de sacos de harina. Lo supe porque llevaban una camiseta donde podía leerse: Bandidos Robadores de Sacos de Harina. Universidad de Granada. Primera Promoción.
—Vamos a robarte la harina que tienes en los sacos del burro—me dijo el más grande.
—Se llama Aurelio—corregí.
—Pues te vamos a robar la harina que tienes en los sacos de Aurelio.
—No podéis robarme —continué—, porque lo que tengo en los sacos no es harina, es gofio , y vosotros sois los bandidos robadores de harina, no los bandidos robadores de gofio.
—Es verdad —se dijo uno de los ladrones—, los bandidos de gofio sólo vienen los martes y hoy es lunes. Bueno, pues te vas a quedar con nosotros hasta que vengan los bandidos robadores de gofio.
Como yo no quería pasar la noche rodeado de bandidos se me ocurrió una idea para que me dejaran marchar.
—Oye, ¿Sabéis una cosa?
—Sí —saltaron al unísono los bandidos—, que se te acaba de ocurrir una idea para que te dejemos marchar.
—¿Cómo lo sabéis?—pregunté asombrado.
—Porque llevas un rato pensando en voz alta.
—Pues… —continué algo avergonzado— pues si me dejáis marchar os enseño por qué me llaman El Pescador de Lunas.
Aurelio miró a mi abuelo con cara de asombro, y mi abuelo le guiñó el ojo derecho, que es el ojo con el que se guiña a los burros. Luego llevó la vista al cielo nocturno y al pozo donde se reflejaba la luna llena.
—Aurelio —comenzó a decir tranquilo— Vete al pozo y bébete la luna.
 El burro se acercó al pozo, asomó la cabeza y comenzó a beber, y mientras bebía, la Luna iba desapareciendo lentamente de la superficie del agua hacia su hocico. Después caminó despacio a buscar a mi abuelo, que se estaba abriendo la solapa de su chaqueta cuando ordenó: —Aurelio, escupe la luna—, y Aurelio dijo ¡¡Aaaaaaaaagh!! ¡¡Puh!!, y escupió la luna.
Mi abuelo cerró su chaqueta y regresó al pozo apretándola contra el pecho. Contempló el cielo, abrió un poco la solapa y La Luna, suavemente, volvió a aparecer sobre el agua cristalina.
Tras la hazaña, los bandidos quedaron tan anonadados que dejaron que mi abuelo se fuera con su burro y con sus sacos. Y mi abuelo quedó también tan contento, que a partir de aquel día dejó el negocio de la harina y se iba por los pueblos a mostrar su espectáculo de pescar la Luna de los pozos, y la gente quedaba maravillada. Le pusieron de nombre “El Pescador de Lunas”, y durante toda su juventud fue El Pescador de Lunas y se dedicó a pescar lunas de los pozos.

¿Queréis saber por qué mi abuelo dejó de ser el pescador de lunas?

Fue la noche que conoció a mi abuela, que en esa época no se llamaba abuela sino María. Era una noche con una inmensa Luna llena y mi abuelo tenía un montón de gente alrededor mientras se disponía a pescar la luna en el pozo del pueblo. Miró al cielo una vez más, y le dijo a su burro: —Aurelio, bébete la luna—. Y Aurelio fue al pozo, obediente, y bebió mientras la Luna llena reflejada iba desapareciendo lentamente en su hocico. Luego volvió a donde mi abuelo a meter la cabeza bajo la solapa abierta de su chaqueta. —Aurelio, escupe la luna—, y el burro hizo ¡Aaaaaagh! ¡Puuuh!, y escupió La Luna (ésta es la razón de por qué después de tantos años el sobaco de mi abuelo sigue oliendo a burro). Mi abuelo apretó la chaqueta contra el pecho cuando vio a María, que lo miraba asombrada con unos enormes ojos negros. No pudo evitar acercarse a ella. Era tan guapa que mi abuelo se puso nervioso y sólo pudo decirle:
—¡Hola!
Ella se puso aun más nerviosa y le contestó:
—Las seis y cuarto.
—Oye, si me das un beso —se atrevió a decir mi abuelo—, te regalo La Luna.
—¿Y para que quiero yo La Luna?—contestó ella,
—Para que la pongas en la noche negra de tus ojos, guapa.

Aquel día mi abuelo se ganó un beso.

Y cuenta la historia que mi abuela tuvo muchos años la Luna en sus ojos. Pero tuvo que devolverla, porque la gente se ponía muy pesada: que echaban de menos la Luna, que tenía que compartirla con los demás, y cada vez que las barcas del pueblo salían a pescar tenían que llamar a mi abuela para que subiera la marea.
Pero a veces, cuando mi abuela se pone triste, mi abuelo aun va al pozo a pescar la luna para que la tenga consigo unos días. 
—Esta es la historia de por qué me llamaban el pescador de lunas —siguió contando mi abuelo, y me guiñó el ojo derecho, que es el ojo con el que se guiña a los burros. Pero yo soy niño repelente y sabelotodo y había algo que no terminaba de cuadrar en aquella historia.
—Abuelo —inicié—, esa historia tiene truco. Tú no pescabas la Luna. Cuando mirabas al cielo era para ver cómo pasaban las nubes ¿Verdad?, porque si las nubes tapan la Luna su reflejo desaparece del pozo y se forma la ilusión de que el burro se la bebe.
 Mi abuelo me miró a los ojos con cara de abuelo sabio y me dijo:
Aquellas noches viejas, el cielo estaba completamente despejado.
 Entonces abrió despacio su chaqueta, aquella tan vieja, y me pareció ver, en el fondo de su bolsillo, un pequeño resplandor blanco y brillante, como la Luna llena. Pero cuando alcé las manos para tocarlo mi abuelo volvió a cerrar su chaqueta y con una sonrisa traviesa nos dijo:
—Y así es como me llamaban El Pescador de Lunas.

 

 

Fin

Arturo Abad

Este Cuento está inscrito en el registro de la propiedad intelectual con el número Gr-00476-2008. Si quieres compartirlo, por favor, nombra siempre al autor.

 

 
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